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Los cien metros obstáculo de Bérgama

En Bérgama tuve una agradable coincidencia. Se había dado el caso que compartían el mismo emplazamiento las ruinas de un viejo circo de hace veinte siglos con lo que para mi generación era un sucio poblado chabolista.



Supongo, y creo que estoy en lo cierto, que el gobierno tiene poco interés en llevar a turistas hacia ese montón de piedras. Vale, de acuerdo que la pintura del romanticismo plasmaban una realidad idealizada de lo que vieron en sus viajes Stendal y los demás. Grandes palacios arcaicos cubiertos de telas para conformar afinamientos. Y eso, tiene su encanto, y también su inconveniente.

 Yo no pinto, ni en óleo ni en acuarela, ni siquiera en ese repecho de montaña a tal hora del medio día en que la goma del zapato puede fundirse con las piedras. Parecía que hasta los grillos preferían hacer la siesta. De hecho, incluyendo al guarda de las cercanas ruinas del Aklepion, y el resto de berganos, ya iban por el tercer sueño. Solo quedábamos yo y los cuatro niños delgaditos de la otra colina.


La idea es tan difícil de asimilar que el cerebro le cuesta creer lo que ve. El tiempo suficiente para que los muchachos de unos siete años dejaran de disparar la escopeta de cartuchos contra las latas y la encañonaran contra mi.

En este momento pienso que lo que me llevó al pánico, una vez entendida que la situación era tan cierta como mi alopecia, quizás fue la escena de la película Babel en que un chico magrebí dispara a un autocar de turistas. Chicos, claro, pueden pasar, si, me han apuntado con una escopeta y otras cosas raras que vi por América, y además si estoy aquí es por que lo puedo contar, (o inventar) y el hecho que puedas ver pasar tu vida delante de tus ojos también puede pasarte en tu propio barrio, pero viajen, que correr detrás de una escopeta tiene su gracia. Otra cosa es que te roben, eso es una putada.

Subir cual cabra prado arriba por el camino más corto hacia los dos pinos, pang, que hacían bosque para desde allí cruzar en línea, pang, recta hasta la loma, circundarla y empezar a sudar, por el calor y el miedo y pensar, si eso que dicen, pang,  que se puede sudar sangre por pánico es cierto, debe pasar ahora o nunca... y chicos... a mi no me pasó nada de nada.

Mierda, unos coches subían hacia mi des de el aparcamiento cercano de las ruinas del Aklepion. Y subían hacia arriba sin mirarme. Era mi quinto día en Turquía y casi expulso el corazón por la boca.

Espero que esto no les haya desanimado a visitar Bérgama, porque si les digo la verdad, empecé a sentir un placer enorme en haber visitado esta ciudad. Sinceramente, me encontraba en la auténtica Turquía del Mediterraneo, y era maravilloso.

Subir cual cabra prado arriba por el camino más corto hacia los dos pinos, pang, que hacían bosque para desde allí cruzar en línea, pang, recta hasta la loma, circundarla y empezar a sudar, por el calor y el miedo y pensar, si eso que dicen, pang,  que se puede sudar sangre por pánico es cierto, debe pasar ahora o nunca... y chicos... a mi no me pasó nada de nada.

Mierda, unos coches subían hacia mi des de el aparcamiento cercano de las ruinas del Aklepion. Y subían hacia arriba sin mirarme. Era mi quinto día en Turquía y casi expulso el corazón por la boca.

Espero que esto les haya animado a visitar Bérgama, porque si les digo la verdad, empecé a sentir un placer enorme en haber visitado esta ciudad. Sinceramente, me encontraba en la auténtica Turquía del Mediterraneo, y era maravilloso.

Imagínense los cafés a medio llenar con partidas interminables al Tabulé (palabra turca para el Bagamon), vasos de te rojo como el vino, y comidas y comidas dulces. Y las tres cosas que más me divirtieron y alimentaron en todo el país: El sunnet, o ceremonia de la circumsición que se le hace a los niños, a los cuales se les viste como a Alí Baba y se le hace gran fiesta por la ciudad; las bodas, de las que creo puedo dedicar un capítulo entero en el blog y las fiestas de despedida de los nuevos reclutados para el ejército.

Los chicos turcos, deben cumplir el servicio militar, y este hecho es un motivo de orgullo para la familias, que a partid de entonces consideran a su hijo como un adulto. Para ello llaman a músicos, cocinan el doble de comida que su vecindad precisa, y ponen grandes banderas turcas a la vez que sacan los Atartuks que todos tienen en sus casa. Y yo me pregunto... ¿ porque en mi sociedad estos actos están tan empapados en alcohol y aquí pueden divertirse sin una gota ?  y creo que la respuesta puede ser: se coge a un turista que pase por allí, se le da de comer y de beber, y luego se le empiezan a hacer bromas en turco... y todo el mundo se ríe menos el que come.... Pero que bueno estaba ese arroz.

 De la ciudad, querido lector, poco hablaré. Imagínense una ciudad en ruinas sobre una loma, del tamaño de Montjuic. Eso es la parte histórica. El complejo arqueológico más acojonante que he visto y veré.  E imagínense las razones por la que construyeron y el resultado de todas las técnicas, y como avanzó la humanidad en tan poco espacio de tiempo para luego volver a decaer y levantarse hasta decir basta. Somos efímeros, pero que bueno que al cabo del tiempo tu cotidianidad se convierta en objeto de estudio y de admiración.



Estambul (III)

Explicado lo del iraní, y lo de las mujeres en el pavimento, retorno a la crónica del té en Taksim y de G. cuando empieza a desgranar una filosofía compleja que jamás pensé que fuera capaz de desarrollar. De una explicación doctoral sobre el sentido de la vida, la causa del optimismo y en cada una de sus sentencias, conllevaba sus expresiones turcas no verbales: el guiño de un ojo durante una confidencia, chuparse un dedo y escribir en el aire, como símbolo de veracidad o tocarse una oreja mientras lanza un beso para decir "tocar madera".

Vamos construyendo nuestro mundo a través de las terrazas de restaurantes que nos rodean a donde sea que fuésemos. "Ahí no entremos, este estaba en contra de la revuelta" y acabamos cenando bajo la sombra de la torre del Galata miestras bebemos el Yiran, una mezcla de yogurt, agua y sal.

Nuestros objetivos en la vida, y en este punto, no distan mucho, solo cambia el lugar y la generación, pero vamos tejiendo nuestras revoluciones a raíz de los respectivos golpes recibidos.

Ella se niega a que yo pague, lo que escandaliza al tabernero quién discute con G. Al acabar exijo una traducción. "El del restaurante dice que lo que has hecho está mal, que una vez en este barrio había una pareja que se iba a casar y que él dijo que no tenía dinero encima para invitar a la chica. Entonces, ella pagó la suma y acto después canceló la boda".

Vamos a bailar y le gorronea un cigarro a un pobre indigente quien le pide a cambio su teléfono para quedar en otra ocasión. Luego se acerca a mi para preguntarme de donde soy, pero antes pone su mejilla peluda para que la bese. G. me chilla, "hazlo!, aquí no lo puedes rechazar".

Nos metemos en el sótano de una discoteca donde huele a laca industrial. Esto es de "apachis", la palabra que usan en Estambul para los "canis", y salimos corriendo antes de encontrarnos a Guti.

En el mismo edificio hay un ascensor, sin puertas, por supuesto, que nos lleva al ático. Un cuarto piso donde alguien toca un rocanrol en la Plaza del Pueblo, luego vendrán el partisano y algunos temas poco conocidos de Manu Chao, nosotros, nos descalzamos como ya hicimos en las fiestas de Barcelona y hacemos un agujero en la pista de baile repleta de anglosajones idiotas.

Nos encontramos un hombre peculiar, unos 50 años, pinta de científico loco con americana y pelo de estropajo canoso, es el rey de la pista y a la vez dentro de mi imaginación, el astrónomo turco del cuento del Principito, que descubrió el pequeño asteroide y al que nadie tuvo en cuenta por vestir diferente a los demás hombres adultos. Ahora, con su americana, celebraba como la comunidad de astrofísicos mundial aplaudía su descubrimiento. Yo intentaba arrancarle un pelo, para comprobar que todo era normal.

Dejamos el bar cuando a G. le pillaron fumando un cigarro por debajo de la mesa. Empapados la acompañé hasta la estación de Dolmuç mientras me explicaba como volver a casa.

El conductor decidió acabar mi noche arrancando de impreviso con medio cuerpo dentro de su transporte. Reaccioné a tiempo y todo había pasado: Taksim, nuestros sueños esfumándose entro los minaretes, la cena bajo la torre, el vagabundo besucón, el científico loco... y me encontraba, a mis 27 años de edad siguiendo con mis ojos una musa en una furgoneta. Al volver a la realidad estaba solo en medio de Estambul en una calle repleta de transexuales.

La vuelta a casa fue rápida, me dormí y antes de darme cuenta los minaretes llamaban al primer rezo de la mañana.

Al día siguiente tocaba ser un turista más en Agia Sofia, como una gota más en el océano. "Do you want a tour guide?", me decía un guía que se llamaba Erdogan. "No, no, yo no soy familiar del presidente, mi amigo" y me hacía el popular signo italiano de la figa juntando sus dedos hacia arriba, lo que en Turquía es señal de aprobación. Pronto llegó llegó Gizem con su misteriosa personalidad y nos metimos a empujones en la Mezquita Azul, hasta donde pudimos ya que los que estaban fuera querían ser los primeros en querer entrar. Los que salían, musulmanes corriendo a sus casas a retomar la rutina de sus comidas. Los que entraban, turistas que no veían más que piedras y azulejos y la desagradable imagen de mujeres blancas sentadas en las fuentes de la ablución, limpiándose los pies y las caras con fines puramente refrescantes.

Aburridos de Europa cogimos un boto hacia Ásia. Apretujados en el embarcadero G. me pedía que vigilara mis pertinencias. Al calor se le sumaba el roce a las pieles sudadas de la gran cantidad de turcos que se apresuraban a coger el barco. Abrieron las puertas y una horda otomana lo tomó de la forma menos educada. G. se reía "Bienvenido a Estambul". La escena era tan cotidiana que los niños ni siquiera lloraban.

El otro lado tiene un ambiente menos cargado y funcional. "¿Ves ese edificio de allí?" Era algo histórico, de todos, se quemó y ahora va a ser un hotel".

Me llevó directa a un jardín de té donde se juntaban los intelectuales de izquierdas, algo que hecho de menos en mi Barcelona, algo mucho menos elitista que el Ateneu Barcelonés, o más funcional que alguna nave ocupada por argentinos del Poble Nou.

En una mesa, tras un Mac, dos "revolucionarios" debatían el formato de un panfleto. Las mujeres argumentaban con los mismos derechos y respeto que sus camaradas barones. Estaba en una especie de asamblea y tenía ganas de votar, solo de levantar el brazo, en el momento de la asamblea más reñido, para provocar un empate y la continua ida y venida de argumentos en esa lengua ininteligible que no era más que música, de una de las revoluciones románticas que hubieron al principio del siglo XXI.

Quizás en una de esas mesas había surgido la idea de "renombrar" alguna de las calles con el nombre de los cinco muertos de Taksim.

En un embarcadero me despedí de una forma intercontinental. Un abrazo, tras un decorado de película, un atardecer capaz de hacer callar a los turistas más exhibicionistas. Y otra vez, la  inevitable sensación de que hay que seguir hacia adelante.

Estambul (II)

Detrás del cenit me esperaba G., a la hora en que el calor se guarda en el cajón, y los locales salen a la calle con lo mejor de su sangre occidental, oriental, moderna o arcaica. Ella, con sus rasgos del Mar Negro, hija de una tiempo, mucho más global, lista para violar los prejuicios de generaciones y generaciones manchadas con la sangre de sus hermanos. Ella, con el privilegio de ser del grupo de las más bellas y alegres en el país de las mujeres bellas y alegres formaba la primera pieza de mi harén y yo me limitaba a acariciar las aceras con mi mano durante la tarde entera.

Desde la estación de Tunel recorrimos los rieles de un antiguo tranvía viendo los niños agarrarse y entrando por las ventas entreabiertas por puro entretenimiento. Quien diría que unas horas antes todos estos fieles ayunaban. Ahora se abrazaban efusivamente al ver un familiar, vecino o amigo. Unos chicos sacaron un tambor de un portal y empezaron a tocarlo. Pronto muchos jóvenes juntaron sus manos y bailaban pegados. "Es un música del Mar Negro", y G. se llenaba de orgullo al contarmelo. 20 días después comía el Lokum en Safranbolú rodeado de calma y genuidad y entendí el origen de su orgullo.

Cruzamos delante del colegió francés y después de algunos zumos y algún lokum de cortesía llegaba a Taksim. Era la misma plaza que conocí dos años atrás y era la misma plaza de 24 horas antes. Pero junto a ella era otra cosa, señalaba los furgones policiales sin miedo, con palabras de desafío. El material de las obras, el mínimo agujero que los operarios hicieran antes que los estudiantes tomaran el parque igual que otros elo hicieran en Sol, Tel-Aviv, Wall Street o Kiev.

Un vendedor de té nos invitaba a sentarnos en su alfombra y antes que nada ya nos servía la bebida, a más riesgo de hervirse la mano. Delante nuestro, una familia de algodoneros de Louisinia, o algo parecido lloraban con su banjo los tiempos de la Confederación.

El té, la sombra, el lugar. Si hubiese llegado a esa ciudad 100 años antes hubiese visto visires yendo de un lado para otro intentando trazar alianzas para volverse a repartir los territorios perdidos a oriente y a occidente con prusianos, alemanes e italianos. Pero solo estaba ella y su gesticulación otomana; de otomana recién licenciada de un Erasmus.

El té si que fue una autentica decepción. Quizás esperaba que Turquia fuese una replica mejorada del Magreb que conocí unos años atrás, pero no era nada de eso y el té era amargo, no sabía a menta, no olía a menta, no se saturaba el azúcar en él.

Nos encontrábamos delante de la estatua que recuerda el "glorioso" nacimiento de esta nación turca. Al día siguiente un joven parsi me contó que la estatua del hombre a la derecha era ni más ni menos que el fundador del estado moderno iraní. Dos proyectos que empezaron en los aós 20 con el fin de modernizar los dos países y acabar con las estructuras feudales.

Los americanos acabaron poniendo un gobierno títere en Irán miestras que Turquia avançaba hacía la igualdad, quizás al sostener las más avanzadas bases de la OTAN. Raíz de esa hermandad posterior a la gran guerra se girmaron tratados bilaterales, Irán Turquía, como el de la libre circulación de personas durante 100 años. "Un milión de Iranies viven en Turquia. El gobierno turco tiene ganas que se acaben los 100 años, solo les damos problemas". El chico había venido hasta Turquia para descargarse la música que no podía escuchar en su país. Al Iraní le pregunté como hacían para ligar en su país sin discotecas. "Es imposible" se reía, " hay que ir a los restaurantes o las cafeterías, hablar con ellas varias veces, pero raramente ves chicas en estos sitios". Finalmente, acabé preguntando por el programa nuclear. Me contestó que casi todo el mundo estaba convencido que existía, en cambio, nadie estendía porque el páis quería la bomba. Acabo con un rotundo: "no te creas nada de lo que dicen de Irán por la tele, has de venir".

Disculpen el inciso de nuevo, pronto volveré a Taksim, però justo en el momento que estoy escribiendo este cuaderno, veo dos cuerpos muertos tendidos en la carretera tras un accidente de coche camino a Dikili. Salimos de la autopista por una carretera horriblemente asfaltada. Damos botes hasta dar con la cabeza en el portaequipajes y entramos en un poblado que hace reír a la palabra subdesarrollo. Debería estar temiendo la muerte ahora mismo, igual que los demás pasajeros, pero esa una sensación que no vale la pena escuchar. Por más que ahora en adelante, será muy difícil seguir mi camino a dedo.

Cuentos de Estambul

Todas las leyes hechas por el hombre y cada uno de los acuerdos mercantiles pierden su sentido cuando se carga una mochila entre dos continentes. Entonces, las normas que valen se basan en la palabra y no en la rúbrica, la confianza con los interlocutores desconocidos, el olvido de la procedencia, el altruismo al pasante y la recompensa por la ayuda prestada. Un día descubres que tratar a los demás como te gustaría que te trataran tiene una recompensa y que la utopía de los sueños puedo plasmarse durante los segundos vividos sin miedo.

Cuando sali de Estambul llevaba conmigo dos recuerdos poco comunes: un clavel rojo de los jardines rebeldes de Taksim y un contrato vitalicio con una musa. Como cantaba un canta-autor autodestructivo centroamericano "entré recogiendo las musas que dejaron tiradas", prendí la inspiración de los 40 kilogramos de espíritu puro y de un sentimiento que tenía olvidado. Un abrazo de despedida y el rencor hacia un mundo globalizado que tanto da como quita.

Quince millones de habitantes divididos y unidos en mestizajes raciales y por religiones me daban la bienvenida en Taksim la última tarde de Ramadán. Taksim había callado y ahora era una plaza en luto recuperada para el disfrute de familias y de los cinco ausentes.

En cambio, la ciudad me parecía un lugar hostil por el que no me gustó perderme. Sobretodo en una calle secundaria sin iluminación, cuando a la jauría de perros se le juntaron algunos niños desnutridos. Mientras tanto, en esa misma ciudad, sin yo saberlo, un chino se lamentaba por ser robado en el Gran Bazar y por tener que subsistir con 5 euros al día durante las siguientes 3 semanas.

Mientas el asiático decidía seguir adelante sin pedir ayuda a nadie ni avisar a su familia, yo discutía con el portero para que me devolviese correctamente el cambio. Les recuerdo, que un puñetazo bien sonoro sobre la mesa es aceptado en más sitios que una MasterCard, ayuda mucho poner ojos de loco. Lo curioso fue que ese hombre tenía el aspecto de un viejo amigo al que enterramos hace poco y lo que estaba deseando realmente era abrazarlo y convencerle para que volviese, que lo estábamos esperando. Las tripas se me revolvían al discutir con un fantasma.

El dominio otomano concentró en Tracia seres de origen eslavo, bosnio, búlgaro, kurdos, crimeos, georgianos, armenios, griegos, mediterráneos... Y de ellos sacó una raza de convenio conocida como turcos. En una misma conversación puede estar presente un gitano rumano, una persona con rasgos mongoles, algún clon de un andaluz, un soldado otomano vestido con polo de imitación La Martina y un actor de los Monty Paiton. Si tíos, no se de donde sale esta mezcla, pero aquí hay más de uno que parece de Glasgow.

Este mestizaje provoca que uno de cada cinco turcos pueda tener un doble en algún pueblo de Albacete. Esto implica que en cualquier momento tu mejor amigo, con las facciones que tuvo a sus 19 años puede aparecer montado en moto. O que una niña desdentada comparte la genética de una sobrina la cual solo te apetece malcriarla a base de helados.

La primera fotografía del viaje la tenía decidida incluso antes de comprar los billetes de avión. Aunque el local del Pudding Bar había sido restaurado a semejanza de cualquier restaurante moderno un cartel rezaba "World Famous" y había una foto del propietario con un correcto Bill Clinton.

Hace mucho tiempo, cuando un joven Bill se exiliaba en Canadá, había una guerra en un país que se llamaba Vietnam. En ella luchaban los hijos de los que regresaron del desafío contra el fascismo. Sus vástagos no tenían claras las razones de esta nueva guerra y se levantaron en una revolución cultural en pos de la liberación del individuo. Algunos, encontraron la libertad en la música de Woodstock, otros acampando en las dunas de Merzuoga y otros tantos cruzaron desde sus cómodas casas de la Europa del libre consumo hasta la hambrienta India.

Entre medias, todas las rutas se concentraban en la antigua Constantinopla. En la entonces exótica Turquía los que iban y venían se encontraban en el Pudding Bar para compartir experiencias y solucionar inquietudes. Pero el viento de cambios se había llevado esas mesas al vertedero y ese punto de Sultanahmet se había convertido en una sucursal más de la comida sintética. Debía oler a marihuana y comino, al cuero de las libretas de notas, al tabaco de las narjilas, a los pies sudados y rígidos de andar. Era un mundo dentro de otro mundo. Comercialmente poco provechoso, solo hacía falta la defunción de un propietario para regularizar la misión del local.

Me encontraba de nuevo en Sultanahmet tres años más tarde y la ciudad se había abierto al mundo a la misma velocidad que lo había hecho yo. Seguí las vías hasta el puente del Galata, donde una veintena de pescadores vendían los peces que estaban pescando, en unas peceras de Porexpan.

En la última noche de Ramadán se había formado un mercado en los embarcaderos. Se vendían dulces de pistachos, algunas variedades de kebap, bocadillos de pescados, panes dulces y salados, mejillones, maíz dulce, pepinillos en salsa de remolacha... y perfumes de imitación, camisetas de fútbol de todos los países y artesanía inca vendida por unos indígenas de Imbabura. Todos querían estrenar nuevas ropas para el fin de dejunio.

Al día siguiente visité los sitios turísticos atrapado por un halo de exotismo intercalado por aparadores de tiendas al mayorista. Este día los comerciantes no pueden asaltar a los turistas con curcuma barata vendida como azafrán turco ya que están preparando sus almas para el último rezo del Ramadán, sus barrigas para el primer plato de comida diurna y su sed y su lívido serán saciados a su antojo hasta el año siguiente. Durante los siguientes días se sucederán festejos de punta a punta del país; el sunnet, o ritual de la circumsición, folklore nupcial herederado de los miles de kilometros y años del imperio otomano y las despedidas de los jóvenes llamados a filas. Todo se celebra, incluso las muertes se cantan desde los minaretes. No creía que ella tenía cabida en medio de tanta alegría hasta que la encontré cara a cara, poseyendo dos cuerpos ancianos armenios, lamiendo el asfalto camino a Bérgama.

De esa mañana puedo recordar dos incidentes poco cotidianos. Andaba cuesta arriba a través de una sombra cada vez más errática cuando un policía montado en moto chilló canínamente para que todos los transeúntes nos refugiásemos dentro de las tiendas con la mayor brevedad posible. Le seguía una comitiva de coches oficiales.

Lo que sucedió después fue un amargo y sádico surrealismo. La primera decena de coches de la columna cargaba hombres armados con metralletas por la ventana del tejado y las de los costados. Vestían ropas muy ajustadas y gafas de Sol. Su sonrisa mostraba lo que debe sentir un semidios al correr los 100 metros lisos contra un kiosquero. Luego, otra decena de coches con los cristales tintados. Todos los refugiados que se encontraban en la tienda corrieron hacia la parte más alejada de la calle. Yo, con una experiencia mínima en un país de Oriente Medio quedé preso, inconsciente de mi cuerpo, era una mente obstinada en recordar cada detalle: la gente asustada en el fondo de la tienda, los soldados chulos con metralletas que debían pesar como jamones y el único turco que se quedó junto a mi en la puerta de la tienda sonriendo y señalando con el signo de OK a la comitiva. Si hubiese seguido el guión de cualquier película de serie B debía saltar por los aires si Chuck Norris no lo impedía. Pero no fue así.

Cinco minutos después topé con una jauría de periodistas que sudaban de darme la más mínima información hasta que después de insistir una chica dijo: "First Minister" y señalaba la gran mezquita. Cinco días más tarde aprendí que la señal de OK en posición horizontal que hizo el otro cuerpo inmóbil de la tienda significa "eres gay".

Entonces ya había acabado el Ramadhan y me disponía a andar hacia el puerto para solucionar un tema logístico. Para ello, debía pasar un barrio en ruinas, niños en ropa interior, gente hablando sola; y un pobre barcelonés con una cámara colgando del cuello.

Si no saltaron sobre mi fue porque justo en ese momento del año se estaba produciendo el último rezo del Ramadán. Los hombres, con cara de pocos amigos, agarraban su rosario de cuentas mientras yo escurría el bulto. Si alguien me pregunta que ha hecho Diós por ti, sin duda, ya tengo mi respuesta.

En pocas horas todo se había transformado, los niños corrían con medio lira a comprar mejillones en puestos ambulantes y todos cargaban unas pistolas de plástico que disparan pequeñas piedras. En el barrio de Galata, unos niñatos de cuello alto engominados se reían del encargado de seguridad de una iglesia, el cual, les negaba el paso. Ya al borde del ataque de nervios por parte del segurata, los adolescentes se giraron hacia mi, me miraron de arriba a abajo y se hicieron merecedores de ser los primeros en hacerme una de las preguntas más repetidas durante todo el viaje: "Y tu... ¿cuanto dinero ganas?".

Baixant per la Font del Gat

El avión que tomé durante el verano de 2013 para cruzar el Mediterráneo salió tarde y mi cabeza empezó a recordar lo que había sucedido durante la última noche en Barcelona.

El avión, que surca la mar en línea recta desde hace tan solo 100 años, es considerado por casi todos los turistas como la mejor alternativa para llegar a Estambul, basándose en los criterios más valorados en el siglo XXI: tiempo, coste y seguridad.

Así se demuestra: El tiempo es tan importante que una sola hora de retraso impacienta a la mayoría de usuarios. El precio es mucho más reducido que la quincena de autobuses y trenes que habría de haber tomado y finalmente la seguridad se da por garantizada, sin tener en cuenta que un volcán islandés se encabrone o que un conflicto internacional puede clausurar el espacio aéreo en oriente medio justo el día antes de que se acaben las vacaciones. Por supuesto, a nadie le importa el impacto ecológico del queroseno o el ruido de sus panzas al volar sobre el Prat cada vez que expresamente voy a comer las patatas del bar Cervantes. 

Podría haber aprovechado un vuelo de aves migratorias para levantar el dedo en la Jonquera y subirme al Ibiza del enésimo español con estudios que pira hacia Alemania con la esperanza de encontrar un trabajo que le realice. Una vez llegase a Baviera tendría que volver que levantar el dedo y esperar que otra corriente migratoria, la de los turcos que han enriquecido Alemania des de los años 70, fueran a visitar a sus familias campesinas de la Anatolia en su Audi repleto de productos Apple.

Pero el avión, que me va a ahorrar 5 días de incierto autoestop, o los 300 euros en autobuses, o que me va a garantizar que no voy a descarrilar a 200km/h sale tarde y ninguna de las azafatas de culito respingón quiere dar explicaciones. Unos, porque van a perder la conexión, otros, porque no pueden estirar las piernas, algunos, porque tienen hambre o pipi y casi todos, porque han vivido la paranoia del terrorismo se lanzan a la carrera cuando el piloto nos pide que saquemos nuestros billetes de embarque. Entonces, todo el mundo quiere ser el menos sospechoso, más legal que su vecino, pasear por el pasillo para estirar las piernas o dar empujones hasta llegar al retrete.

Las azafatas estrellan sus nalgas robustas en codos y caras por el estrecho pasillo. Pronto podremos comprar sus perfumes, sus menús y su whisky en sobrecitos. Pero en esta compañía nadie sonríe y la única que me dedica una sonrisa de forma natural supera por los pelos los treinta. Pelos que a mi me faltan en la cabeza y hacen brotar una pequeña crisis de edad justo en el momento que me vuelve a sonreír sin ningún producto que vender.

Revisada la legalidad de cada pasajero uno a uno y pasadas las nalgas mágicas por todas las caras del pasillo, el ambiente se calma sin que nadie suba o baje del avión. Solo son parejas y familias numerosas, y sin merecérmelo me han sentado en medio de una de libaneses hiperactivos, los cuales tienen una afición olímpica por saltarse cualquiera de los ordenes establecidos a empujones, lo que en español peninsular se conoce como colarse. Hay algún australiano, de esos que los hay a patadas por todos lados, excepto en Australia. Y nostalgia de mi primer viaje a los Balcanes, en un vuelo con dirección a Belgrado medio vacío en una compañía que ya quebró, entonces, todos, o casi todos eramos voluntarios o brigadistas.

Años atrás encontré un peruano en un vuelo a Venezuela con el que pude hablar durante 5 horas de los mismos temas cíclicamente. A él le gustaba más que a mi exagerar cada experiencia tras cada vuelta al tablero. Finalmente le pedí que no se alejara mucho en la aduana y que en caso de dificultad dijese que era mi padre. El mestizo peruano tardó en reaccionar, mucho más que la aprendiz de piloto panameña y las cinco cabezas a la redonda que habíamos entretenido durante 5 horas sin saberlo nosotros.

Otro recuerdo que me viene siempre a la cabeza cuando cruzo alguna frontera en solitario es el del policía corrupto búlgaro. Él pensaba que podía aprovecharse de la situación puesto que entre el día que me retrate para el pasaporte y el presente había perdido una cantidad indecente de pelo. "You are not this guy". Quiso hacerme pasar miedo haber si caía algo de dinero "Me da igual, dame el pasaporte, ya no quiero entrar en su país". El tío se sorprendió y me lo devolvió. "Vale chico, todo correcto, puedes entrar". Le contesté que no quería visitar un país con gente como él y me di la vuelta.

Pero los policías de los aeropuertos son diferentes. Mientras me miraba el pasaporte me di cuenta que había hecho la cola en la casilla de los ciudadanos turcos. Me miró a mi y a la foto unas 3 o 4 veces hasta que preguntó. "Barcha o Madrid?", "Barcha",y me respondió, "Barcha is the best" mientras lo sellaba sin importarle el contenido de mi maleta, mi presupuesto o donde iba a dormir, ni siquiera que había hecho la cola reservada a los ciudadanos turcos. Al otro lado de la sala una familia hiperactiva de libaneses adictos a colarse esperaba delante de una policía la cual no sentía ninguna debilidad por el vestido escotado de la madre.

Me hubiese gustado decirles que la noche antes de partir fue sencilla. Pero no fue así. Más atacado por el miedo que los nervios y el calor no podía pegar ojo. Miraba el mapa y recortaba los objetivos... "esto va a ser muy complicado", "ves a lo seguro....", además de preguntarme cual era el mejor sitio para guardar una navaja. También envié algunas notas a antiguas amistades perdidas; en caso de defunción prefería que tuvieran un buen recuerdo, algún motivo para mitificar al muerto. Pero todos esos pensamientos debían ser ventilados, no podían viajar conmigo, no debían instalarse en la mochila, no era bueno subir al avión con algo de pesimismo. Así que fui a abandonar los miedos a Montjuic sin tener ni idea lo que las musas habían preparado para mi.

Las fuentes mágicas tienen un encanto especial pasada la media noche, justo antes de que los servicios de limpieza recojan los papeles de aluminio que los turistas han utilizado para recubrir sus cenas. Siempre quedan algunas parejas, de esas que se quieren desde hace mucho tiempo. Al subir por las escaleras uno tiene una sensación especial de agradecimiento hacia la ciudad. Sabes perfectamente lo que hay arriba, un palacio noucentista y unas vistas maravillosas, algo de un tiempo no vivido del que ya muy pocos quedan.

Algún día seré como uno de esos supervivientes. Alguien seguirá subiendo la montaña y encontrará un estadio olímpico. Entonces, si Dios quiere, seré uno de los pocos supervivientes que vieron encenderse el pebetero una noche de verano. Pasará la 25 efeméride, la 50 y si mi apetito por los platos cargados de colesterol lo permite, la 75, lo que significan casi 20 juegos de diferencia. Algún día una familia se abrazará y llorará, de alguna o otra forma, como tantas familias barceloninas hicieron la noche en que se apagó la llama.

Ese año, el 92, la guerra fría estaba acabando y Fidel Castro y Bill Clinton podían compartir un habano. El olimpismo no era el escaparate de las superpotencias y el todo vale, sino puro juego limpio y el hombre compitiendo contra el hombre de las demás generaciones y el creacionismo.

Bajando por la Font del Gat escuché que dos chicas me chillaban. Bebían cerveza y creía que se trataba de turistas que gorroneaban tabaco. Les contesté en francés y me dijeron que no tenían ni puta idea de nada que no fuese español. "Es que venimos de un pueblo llamado Sant Eusebi de les Palleroles y hemos venido a la ciudad, a pasar la noche, a ver que sucede, en nuestro pueblo no hay nada que hacer".

Creo que en este caso debo mantener el anonimato de estas dos chicas. Por eso, si usted busca en Google el pueblo de Sant Eusebi de les Palleroles no lo va a encontrar. Este es el nombre de un municipio que nos inventamos unos amigos hace tiempo para reírnos de la gente cuando íbamos de fiesta por Barcelona. El pueblo de donde procedían estas chicas tiene otro nombre, y lo más sorprendente, es el mismo en el que me tocó crecer.

No se lo creían, pero si no has vivido en un sitio no tienes ni idea de como se llama el borracho del pueblo, ni tampoco es posible enlazar los nodos sociales que nos separan. Yo las entendía totalmente "Cuando tenía vuestra edad hacía lo mismo". Les conté los sitios donde había estado y algo de lo que había hecho durante los diez años que nos separaban. Pude notar en ellas un pesimismo de extrarradio muy parecido al pesimismo de la gente con la que me tocó madurar. Realmente son una generación con mucho talento que nació cuando no tocaba.

El hombre del sillón

Ella removía las cenizas de la narjila mientras yo desplegaba un mapa de grandes dimensiones de su país natal sobre el suelo de mi terraza de Sants. Se sorprendió: "¿De dónde lo has sacado?" Nos tumbamos y taponamos las ciudades costeras y las fronterizas con Siria con los codos.

La escena podría parecer erótica, una bella mujer, tumbada a escasos centímetros, señalando con pasión pueblos estilografiados con la más pequeña de las letras. "Allí tienes que ir". Pero la excitación pendulaba entre mi sentimiento de aventura y su nostalgia. Un foráneo pensaría en una intención puramente sexual, pero lo cierto que me estaba regalado un secreto más profundo que su piel. Me estaba revelando donde reside la libertad y yo me apresuraba a marcarlo rápidamente.

La noche estaba acabando cuando leyó mi devenir con los restos que había dejado el café. Su tono de voz era convincente, como si un loro invisible estuviera intermediando entre el porvenir y su tímpano.

Empezó con unas revelaciones curiosas: en tu futuro pasarás gran tiempo entre montañas y en tu vida hay una búsqueda del amor y la paz.

Bajo la luz de una linterna mi invitada padecía un mestizaje entre otomana y gitana. En los segundos previos a la tercera revelación empecé a sentir un cosquilleo entre mi nuca y la parte alta de la espalda que se repite al recordar esa noche. Daba vueltas a la taza mientras yo me debatía en el eterno debate del querer o no querer saber mi devenir.

Señalaba con un dedo y era consciente que iba a romper la atmósfera que había conseguido generar. "Veo un hombre sentado en un sofá","Eso es capaz de decirte la taza?". Estaba indignado, el mensaje era parcial y sobretodo estúpido por su cuotaniedad. Al rato me extremecí al pensar que mucho tiempo después, durante mi madurez, al llegar a mi casa un día cualquiera, podría encontrarme un hombre desconocido postrado en mi sofá. "El hombre te mira y espera que digas algo". "Pero está en mi casa?","Puede, solo veo un hombre en el sofá".

Por alguna razón esta revelación sigue en mí y aparece en mis sueños, donde nunca soy capaz de comunicarme con el desconocido.

Si mi gitana está en lo cierto,tarde o temprano voy a encontrar sentido a ese grano de café que se adhirió en esa forma concreta en una pequeña taza de souvenir que ella había traído desde Estambul. Y en ese preciso instante, lugar y circunstancia voy a poder pronunciar mi pregunta y él la respuesta que tanto anela revelar.

I International Competition for T-Shirt Sentence

Ladies & others, I need your help. Don't worry, it isn't economic support.

As some of you know, soon I will be travelling around the peaceful Turkey. From this trip I hope to write and invent amazing histories and put it down on a book.

Would you like to participate on an original way? I will waste my bugs on a red t-shirt, where I would print two sentence, one in English, and another one in Spanish. BUT THE SENTENCE WILL BE PROPOUSED BY YOU, this way it will travel arround all Turkey with me.

But it cannot by a random sentence. It should follow these rules:

- It can be original or a copy from a book, song, film,...
- Its meaning should be close to one of this points.
              1. Have a peace and love message between people and cultures.
              2. It could be a motivation sentence.
              3. It can make reference to one of Avagabundear: nomadism, cooperation, romanticism and equals of opportunities.

I hope you to participate. Good Luck

I Concurso Internacional de Frases para Camiseta de Viaje

Necesito vuestra ayuda. No temeis no es ayuda económica, podeis seguir leyendo.

Como ya sabrán, pronto me iré a este tránquilo y placentero país llamado Turquia. De él espero escribir e inventar historias maravillosas de todo lo que vea allí. Y de esas historias contároslas con la intención de entretener a los más mayores y hacer soñar a los pequeños.

¿Pero os gustaría participar de la forma más original posible? Me voy a gastar la pasta gansa en una camiseta roja y con letras blancas voy a printar dos frases, una en inglés y otra en español, Y ESTA FRASE LA VAN A DECIR USTEDES, de tal forma, les voy a pasear vuestra frase por Turquía.

Pero no puede ser una frase cualquier. Aquí van unas premisas.

- No tiene porque ser original, puede ser de una canción, película, libro, lo importante es lo que diga.
- Ha de tener un significado cercano a una de estas premisas:
            - Sería muy bonito que tuviese un mensaje de "amor y paz" entre las personas y los pueblos.
            - Puede ser una frase de motivación.
            - Puede hacer referencia a una de los valores del proyecto avagabundear:nomadismo, la cooperación, la autoexigencia, el romanticismo y la igualdad de oportunidades


Piensen la gran cantidad de gente que va a ver la camiseta, lo van a leer, y quizás les arregle el día. O piensen a un servidor, en un dia de 40 grados, tirado en la cama del hotel sin ganas de salir a la calle y de repente leo tu frase en la camisa y comprendo el sentido de todo.

Os animo a participar en esta divertida y original iniciativa. Mucha suerte.