Reencuentro con un antiguo amigo (que no es Juan Luis Guerra!!) |
Y así, sin darme cuenta, me acercaba a ese anexo de Europa llamado Tánger. Con edificios majestuosos en construcción y una avenida de discotecas donde los marroquíes sacian fuera de casa sus instintos biológicos. Una ciudad de vicio, en tierra de nadie, entre dos mundos antagónicos y que la están llevando al progreso a costa del costo.
Mis dos compañeros de cabina hicieron de intermediarios para conseguir un taxi hasta la Medina, pero los gritos de los taxistas luchando por una pieza de caza mayor fue insoportable. Al final acepté montarme con el único que hablaba español, aunque al entrar al coche vi que lo iba a compartir con otro marroquí.
El taxista enchufó el taxímetro y empezó un recorrido turístico que yo no pedí mientras repetía una y otra vez "que suerte que te montaste conmigo, yo soy honesto". Le di la carrera sabiendo que era estafado y mientras buscaba el cambio me repetió si se lo podía quedar porque su familia lo necesitaba. Bajé del coche y fui a cobrarlo por la ventana, pero abrió la mano soltando los 10 dirhams a un palmo de mi intencionadamente. Luego arrancó mientras oía la risa de dos hombres por verme cargando una mochila de 10 kilos recogiendo 1€ en el segundo carril de una avenida, como en una escena muy hitchcockiana, pero daba igual, ese dinero serviría para el último atracón.
Me apetecía saber como son las pensiones, y fue una experiencia bastante divertida. Los precios están escritos y regulados así que la estafa reside en cobrarte una habitación doble alegando que las habitaciones individuales están llenas y nunca, nunca, nunca, darte factura. Según la gracia que tengas puedes conseguir que te incluyan una ducha comunitaria, que sino, costaría 10 dirhams.
Esa noche Marruecos perdía contra Camerún y fui a ver los últimos diez minutos del partido en un bar que podría tratarse del de Fuentealbilla. Mientras pedía el te observe unas pinturas que representaban cazas de ciervos con perros tras una capa de polvo de por lo menos un palmo. Al acabar el partido los hombres encendieron sus pipas de kifir, una droga mucho más fuerte que el hachís, la misma que vi fumar a varias parejas de soldados por todo el país. Pronto vi que hasta el camarero se encontraba narcotizado. Salí por patas observando su esfuerzo sobrenatural por sumar mis monedas y restarle el cambio.
Al amanecer, Tánger parecía una ciudad envuelta en un halo de inocencia. Llegué con tiempo hasta la rotonda donde debí coger el autobús hasta Tanger Med. Allí encontré un hombre muy particular, a primera vista, era difícil de distinguir si se trataba de un español o de un marroquí; era bereber, natural de la antigua colonia de Villa Cisneros, pero se consideraba a si mismo Mauriatano pero residía en un pueblo de la Mancha.
Algeciras. En estribor (o babor) del barco con un paraíso (fiscal) al fondo |
A punto de tomar el ferry en Tanger Med |
Todo lo que me perdía se caía por el lado derecho de una balanza, mientras en el otro, la nostalgia, la preocupación de los familiares, el cansancio de 60 durmiendo en 60 camas diferentes,... vencía. En el autobús de Tánger Med hablamos de otros detalles morbosos de su negocio.
Luego tocó cambiar los pocos dirhams que me quedaban, y pasar un absurdo control policial por el cual podría haber pasar la misma momia de Tutankamon sin que los policías se levantaran del asiento. El barco atracaba en el puerto y un grupo de gente bajaba feliz, algunos emigrantes que volvían a su tierra y otros, turistas seleccionables para meterles el miedo en el alma, a ver si alguno les pagaba una propina a algún funcionario.
En España la cosa fue diferente. Un policía andaluz de Algeciras me preguntaba cuales habían sido mis intenciones para bajar a Marruecos: "pues a conocer, me gusta mucho este país, y visité algunos amigos", "fuiste a la fiesta del cordero¿?" me preguntaba él, "No, eso fue una semana antes de que yo llegase", tan sutilmente había pasado la prueba, sonreímos los dos, yo por darme cuenta de su truco, y él por ser enganchado.
Delante mío, una cola de uruguayos jovenes y pijos recreaban mi ingenio imaginándomelos muriéndose de diarrea en Marruecos. Acaban de ver el país del azafrán y solo hablaban de ropa, de iPhones y lo morenos que estaban. Más de uno les hubiera vomitado encima.
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